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Breve y errática historia sobre la identidad
Category:
 Expert Literature    
Published:
03/10/2012

Construimos aceleradores de partículas en el vientre de las montañas o peleamos guerras santas, porque buscamos comprender los fundamentos de nuestra identidad. El anhelo por conocer el origen de todo nos hechiza, desvela y excita.
Los religiosos hablan de un plan y un propósito. Algunos ateos evangelizan la nada. Los nihilistas ni hablan…Los incrédulos hablamos del azar, de lo lúdico del cosmos y reímos, a sabiendas que la risa revela la brutalidad de nuestra ignorancia.
Hemos pasado millones de años construyendo un lenguaje. Llenamos miles de páginas con prejuicios exploratorios. La filosofía, matemática, física, química, biología y demás, se potencian con el rigor del método científico para develar la identidad, pero permanece como terra incógnita.
Asistimos a la tragedia humana enfrascada en una pantalla de TV. “Nosotros podríamos estar en ese lugar”, repetimos frente a un programa sensacionalista que expone la miseria del hombre. Nos encontramos en el prójimo. En su manera de llorar, en su simpleza y en su confusión. Nos despegamos del televisor, caminamos hasta la esquina con pies pesados. Levantamos la cabeza para descubrir el cielo abierto con constelaciones atestadas de galaxias llenas de posibilidades de vida. Apretamos los labios y pensamos: “tal vez allá lejos, alguien sepa quiénes somos”. En la embriaguez de la insignificancia, nos consolamos con una especulación: la vida es impulsada por una voluntad escondida detrás de las bambalinas del universo (adonde no podremos asomarnos ni en nuestros sueños más salvajes).
Corremos frente al teclado, nos sentamos con la incomodidad trancada en el pecho, con los ojos rojos, y comenzamos a escribir este manifiesto con la esperanza que alguien lo lea (y se compadezca).
Una partícula se agita y evoluciona. Luego los ancestros escamosos se sacuden la arena del mar. Dejan las playas y suben a los árboles. Se descuelgan de las ramas e ingresan a una caverna pintada con motivos de caza. Les roban el fuego a los dioses, se trasladan desde el hielo a la jungla, desde ahí a la granja y acaban en el penthouse de un rascacielos, mirando por la ventana a los transeúntes colegas correr a sus labores como hormigas.
Entonces entran en la escena nuestros padres: jóvenes y debutantes Homo Sapiens perdidos en el infinito laberinto del Azar y congregados por el rastro picante de sus hormonas. Frente a frente, se desesperan por conocer el Origen. Piensan que en algún lugar de aquel cuerpo (en el que se espejan), quizá exista una pista. Despojados de su razón (y de su ropa), se entreveran, pelean, gozan, y la violencia de un grito nos deposita en el útero, nuestra primera casa. Fumando a la deriva en el río de endorfinas post-coitales, se miran a los ojos. Dicen Amor con los ojos desorbitados y saborean cada una de esas cuatro letras. Nueve meses después, salimos echando los primeros alaridos de ignorancia, con la cabeza comprimida por el Origen que nunca alcanzaremos a comprender. Y nuestros prejuiciosos, crédulos, temerosos, patriotas, religiosos, fanáticos, trabajadores e ilusos padres, han fundado un ser condenado al caos.
Para que no estemos tan descolocados, nos dan un nombre y un apellido. Nos transmiten las mentiras heredadas por los ancestros de sus ancestros. El estado afirma nuestra supuesta identidad con un documento que exhibe nuestra foto y un número de membresía que fija nuestro Yo burocrático. El mundo nos la re-reafirma con un pasaporte y Facebook proyecta el Yo digital en un limbo de señales binarias, en las que quedamos “colgados” y exhibidos.
Así llegamos a esta película que comenzó sin que nosotros conozcamos su trama. El final siempre es el mismo: miles de gusanos descomponiendo nuestras hipótesis descabelladas.
La identidad es un concepto fisurado. Concepto: bastón blanco que sondea en la oscuridad del océano de las ideas.
Jorge Luis Borges—que de ciego solo tenía sus ojos marchitos—aprovechó aquellas fisuras para sonreír ante la estupidez humana que todo lo denomina y clasifica con afán estéril de dominación.
Leyendo el poemario borgiano “El otro, el mismo”, descubrimos que los seres humanos somos uno. El maestro de los laberintos y el azar nos dejó un reguero de bromas con respecto a la identidad. Hoy alzamos aquellas bromas y las arrojamos como piedras contra la ignorancia que nos roba la paz (y el humor).
Las letras sirven para tranquilizarnos y manifestarnos ante un mundo que intenta definirnos con conceptos agrietados.
Quizás la literatura sea: un hombre contándole a un hombre quién es el hombre.

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