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El escritor que camina junto a mí
Category:
 Expert Arts     Expert Literature    
Published:
15/06/2013

A veces, el tren aparece en Frías como un dragón de hierro. Tiemblan los vidrios cuando arrastra sus vagones en lo profundo de la noche. Mis pesadillas se deforman con los pitidos y salgo semidesnudo al balcón, convencido de que soy una estrella que ha perdido su atractivo debido a la ingesta desaforada de empanadas, locro y tamales. En noches como esas, tardo unos segundos en darme cuenta que la palmera que adorna la vista no es hawaiana. Entonces arrugo el ceño, me rasco la cabeza y verifico mi realidad: vivo al costado de las vías, enfrente del parque de maniobras del ferrocarril, a poca distancia del guadal, del río Albigasta y de los montes. En el segundo piso de un hotel decorado al estilo neomedieval acomodé mis libros, computadora, guitarra, cuadros, hija, mujer, plantas de quinoto, romero y albahaca. Soy extranjero en Santiago.

Hace treinta y cinco años, Amalia Lacroze de Fortabat (aristócrata y coleccionista de arte, QEPD) venía a Frías para controlar las operaciones de su fábrica de cemento. Al parecer, no tenía un lugar donde dormir y le construyeron este pequeño departamento en el que vivo. De paso, hicieron otras dieciocho habitaciones más. El Hotel Biarritz tiene un pasado glamoroso y un presente conflictivo. De las paredes del lobby cuelgan espadas al estilo Highlander, hachas antiguas, escudos vikingos que parecen evocar la democracia venezolana y sillas con detalles en cuero en las que se hubiera sentado Torquemada. El halo de sus días dorados resplandece en su penumbra nostágica y un conserje ronca por las noches como haciendo gárgaras con el alfabeto cirílico. Mi vida se ha vuelto rara. Hoy es 22 de mayo de 2013 pero eso no significa mucho. Hace tres años que me pregunto qué hago aquí. El síndrome de la hoja en blanco es malo. El de la vida en blanco es peor.

Por suerte, existen algunos momentos en familia, “salamancas” maratónicas con guitarreros sentimentales y otras cosas que ayudan a paliar este vacío. Por ejemplo: mi vecino es un contador de historias. Tiene un caudal de anécdotas que le fluyen con naturalidad: vivencias propias y ajenas que desmenuza con su memoria privilegiada. Lo escucho con toda mi atención aunque no puedo asegurar que sea recíproco. Es el hermano menor de mi mamá. Ambos son parecidos: no les gusta escuchar y son tercos. En contrapartida, son inteligentes, creativos, generosos y dramáticos como una canción de los hermanos Mattar. Mi tío y yo somos grandes amigos.

Otra de las cosas que rompen la monotonía son los huéspedes especiales. En estos días nos visita el escritor Raphael Koehler-Derrick. “Rafa” llegó desde Terre Haute, Indiana, USA. Nuestra amistad se remonta hacia el pasado. Le prometí que lo llevaría a conocer un lugar significativo.

El agua trepa por la bombilla, trago y el mate ronca. Ato los cordones de unas zapatillas viejas. Son ideales para dar el paseo que calificaría como “turismo aventura”. Mis expectativas de descubrimiento están altas. Golpean la puerta del departamento y la abro. Rafa viste una camiseta con el logo de Fernet Branca que unos cordobeses le regalaron. Su gorra cubre su cabello castaño claro.

-¿Estás listo para caminar? -le alcanzo un mate amargo.

-Nací listo.

            Su acento es casi imperceptible. Su español suena elegante.

-Che, Rafa ¿Traés la cámara?

-Claro.

            Bebe el mate y me lo devuelve.

-Bueno. Vamos, man.

Descendemos los peldaños de madera rumbo a la salida del Biarritz. La enorme araña que cuelga del techo del lobby aún está cubierta por adornos de navidad. Ya llegará diciembre otra vez. Dejar que el tiempo pase, es algo que en Frías he aprendido a ejecutar con destreza. El sol de las 14:30 baña la vereda. No hay una nube. Me parece respirar vestigios de un perfume cítrico. Por haber nacido en Frías y en abril, época de la primera floración de los naranjos, mi hija se llama Azahar. (Viene a mi mente un fragmento de la zamba deanfunense que escribió Marcos Manzur y musicalizó Claudio Pacheco:

 

“Qué tiene abril

que los poetas desnudan en él

toda su fuerza, toda su sed,

todo lo bello florece en abril.

Tendrá tal vez,

hondos espejos del atardecer,

lerdos reflejos de oro en su piel,

como recuerdo que nunca borré…”

           

Hay pocos autos estacionados frente al hotel. Dos personas caminan rumbo a la estación. El pulso de la ciudad parece detenido. El follaje de un bracho oculta la cerca que separa el parque de juegos infantiles de las vías. A veces llevo a mi hija a la calesita. Me brillan los ojos cuando la veo sonreír sobre el caballo. Los niños giran, suben y bajan mientras la guaracha contradice su inocencia.

-Seguime, Rafa. No te voy a defraudar.

-Dale.

-Hay que saltar esa cerca de cemento -le aviso.

            Rafa salta y cae del otro lado. A mí me cuesta más debido a la falta de flexibilidad. Nos aventuramos rumbo al norte por el medio de las vías. Las paredes rosadas de la estación quedan atrás. Intento leer las palabras pintarrajeadas con aerosol en un vagón abandonado. Después de un paso nivel, dos agapones vuelan hacia un palo borracho que muestra flores blancas prendidas a ramas esqueléticas. Se oyen los trinos de algunos otros pájaros. Solo reconozco el canto de las catas. Esta especie de loro suena como una esposa quejosa porque la tabla del inodoro ha sido meada por el egoísta y juerguista marido que duerme y jamás sueña con ella.

-Esos árboles de ahí -señalo al costado-, son las tuscas.

-¿Son típicas de acá? -pregunta Rafa.

-Creo que en Deán Funes también hay. Son bastante nombradas en las canciones folclóricas. Pero no tan nombradas como los coyuyos.

-¿Coyuyos?

-Rafa, el coyuyo es para el folclore santiagueño lo que baby es para el rock and roll. Es más, existen dos tipos de metáforas: las que incluyen los coyuyos y las demás.

-Entiendo -Rafa toma una foto de la tusca-. ¿Qué son los coyuyos?

-Son como primos de las libélulas, pero gordos.

-¿Libíliulaaa?

Lo intento de nuevo:

-En el imaginario popular, los coyuyos están asociados al hedonismo, supongo, porque cantan mucho pero no les gusta trabajar. También le dicen cigarras o chicharras. Es como el ave insignia de Santiago del Estero.

-¡Una cigarra! Pero esos bichos hay en todas partes del mundo.

-Puede ser, Rafa. Pero solo en esta zona se han vuelto animales de culto.

            Evitamos pisar los aerosoles, jeringas y pedazos de telgopor. A ambos costados de las vías han dejado cientos de bolsas de plástico, cajas rotas y baterías. Avanzamos unos metros. El estadio de Central Córdoba aparece a la derecha. Me llamaron para formar parte de la comisión organizativa de ese club. Me postulé de candidato a vocal suplente (siempre he sido un tipo muy ambicioso).

Nos hemos ido alejando de la zona urbana de Frías. Quedan unas pocas casas construidas de manera precaria, a las cuales se llega bajando por un camino de tierra. Una chancha atada a una higuera entierra el hocico en un montón de basura. Su cría se prende a la teta mientras un perro ladra. A pocos metros, cuatro niños juegan con una lata. Sus cuerpos están cubiertos de harapos. Por el momento, la pobreza no obstaculiza su alegría.

-Esto no sale en ninguna guía Lonely Planet, Rafa.

-Te apuesto que esas zapatillas colgadas de los cables de alta tensión tampoco salen en ninguna guía.

Ya no se divisan casas pero el basural continúa. El monte se abre. Hacia el norte, las vías parecen juntarse. El sudor moja mi frente. En el medio de un pastizal que se ha convertido en hollín, un quebracho solitario muestra su tronco tiznado por el fuego. En medio de la quemazón aparece una cabeza de vaca.

-Rafa, mirá eso -Levanto la cabeza de los cuernos.

-Qué impresionante-Toma una foto.

Los restos óseos de este ser me hacen dar ganas de mear. Se la paso a Rafa y le tomo una foto. Avanzamos en silencio. Delante nuestro, se divisa una enorme estructura de hierro. La tierra por sobre la cual se asientan los rieles se hace angosta de repente. El lecho del río va apareciendo. El puente que lo cruza muestra figuras geométricas formadas por vigas verticales e inclinadas, unidas por miles de remaches. Es apenas más ancho que las vías.

-Ahí abajo está el famoso río Albigasta, Rafa.

-¿Y el agua del famoso río Albigasta?

-Bueno, ahora está seco pero cuando se llena puede provocar desastres. Las crecientes son terribles.

-Y este -doy una palmada en la viga de hierro-, es el puente Albigasta.

Asumo que tiene unos doscientos metros de longitud. Quizás más. Por encima de él pasaron los primeros trenes que llegaron hasta aquí. Cientos de durmientes de quebracho sostienen los rieles. Me pregunto si Frías existe gracias a este puente. ¿Podría existir el tren sin los saqueados montes santiagueños? Algunas personas han inmortalizado sus nombres sobre las columnas oxidadas. Imagino aventuras adolescentes que acaban en un poniente incendiado. Casi escucho el canto de los grillos arrullando noches de amor encendidas por las estrellas. La libertad irreverente de la juventud. El pasado es un puente que a veces se derrumba. Sus pedazos caen en un río turbulento. Algunas memorias consiguen sujetarse a las orillas. Las demás son arrastradas y se hunden en las napas de la conciencia.

Doy un paso sobre un durmiente. Las piedras sobre el lecho seco se ven pequeñas. Las viguetas del puente están dispuestas cada cinco metros, más o menos. Mi corazón se acelera al experimentar la altura y el vacío. La posibilidad de muerte me provoca una inspiración. Decido volver a tierra firme. Al costado, leo una frase pintada con aerosol:

“Guille cagó acá un día caluroso de octubre de 1999”.

Se lo muestro a Rafa y se ríe.

-La literatura escatológica -observa-, puede ser dividida en cuatro grupos: profunda, amistosa, vulgar o irónica.

Doy una carcajada. Tengo ganas de decirle que los norteamericanos pueden ser divididos en dos grupos: los que tienen un gran sentido del humor y los republicanos.

-He leído cosas muy existenciales en los baños de las terminales de ómnibus -dice Rafa.

-Supongo que la inspiración existe, pero tiene que encontrarte cagando.

-Voy a cruzar este puente -advierte.

-Dale. Yo no te acompaño. Pero si querés, te saco unas fotos.

            Me alcanza su cámara. Lo veo alejarse y lo retrato unas cuantas veces. Me acuclillo, apoyo la máquina en las vías y consigo un buen encuadre. Rafa se va haciendo más pequeño a medida que avanza. Salta de durmiente en durmiente. Obtengo otras imágenes. Soy mal fotógrafo pero peor equilibrista. Me pongo de pie. El lecho del Albigasta dibuja curvas y se pierde hacia el este. La brisa acaricia mi rostro. Mi amigo regresa con una sonrisa.

-¿Volvamos?

-Dale.

Caminamos hasta una calle que se abre a la derecha. Un hombre de unos sesenta años quema basura. Divisamos una gruta pintada de rojo. Nos bajamos de las vías. Llegamos hasta un letrero que dice: “Gracias Santa Rita por los favores”. Esta virgen viste un atuendo de monja. Enfrente de su gruta hay unos asientos. Aún arden dos velas con grumos de cera que se derraman en el piso. El hombre camina despacio por un jardín en donde crecen algunos crespones, dos cactus, un árbol de mandarina y un lapacho. Atraviesa un portón. Se acerca hasta donde Rafa y yo observamos la escena. Su rostro moreno está surcado por arrugas. Muestra una sonrisa con ojos vivaces que transmiten misericordia.

-Buenas tardes, jefe. Acá el amigo -señalo a Rafa-es yanqui y vino a conocer al Santiago profundo.

-Buenas tardes, mijo -Nos damos la mano. Se presenta-: Medina.

-Soy Rafa.

-Yo Eduardo, mucho gusto.

Señalo a una cuerda con banderines:

-Don Medina, ¿qué son esos banderines celestes, rojos, amarillos y blancos que rodean la gruta?

-Esos son los colores de la virgen de Santa Rita, mijo. Hoy, veintidós de mayo es su día. Como la gruta está en mi casa, acá recibimos a los promesantes por la mañana. Les dimos chocolate caliente, alfajores, rosquetes y dulces.

En el fondo de su casa hay un patio de tierra con un horno de barro. A su lado, unos perros yacen echados bajo la sombra de un limonero.

-En nuestro país hay íconos católicos para todas las necesidades, Rafa.

-¿Para todas?

-Sí. Por ejemplo, tenemos a San Alejo que se encarga de los afectos y en su estampa muestra una escalera. Santa Catalina es defensora de la pareja y San Antonio es el patrono de los enamorados. San Cayetano, en cambio, anda con una ramita de olivo y consigue trabajo. Acá en Santiago no debe ser muy popular. Después, tenemos a San Roque, uno que anda con un perro y unas sandalias de cuero franciscanas.

-¿Qué hace San Roque?

-Alivia la pobreza extrema a cambio de que en algún momento se arrodillen y le ofrenden una rodaja de alma. Es como el gobierno en época de elecciones.

-Entiendo -Sonríe Rafa.

—Debido al cuello de botella de feligreses metidos en quilombos, San Roque delega todo a San Expedito. Una verdadera máquina de hacer milagros.

-Suena expeditivo.

-Fue un soldado romano. La imagen lo muestra con su bota pisando un cuervo que simboliza la postergación. Es el mas rápido para cumplir pedidos.

Don Medina me corrije:

-¡Santa Rita es mucho más rápida, mijo! ¡Y el Gauchito Gil anda por ahí nomás!-Agrega-: También se pueden rezar las novenas para la Virgen Desatanudos.

-Y cuando todo se va al carajo, Rafa, ponemos de cabeza los santos. ¿Cierto, don Medina?

-Cierto, mijo.

-¡Jamás quedarse con los brazos cruzados! -Agrega Rafa.

Conversamos con don Medina del clima y de las plantas de su jardín. Le agradecemos por su tiempo y su predisposición. Nos despedimos y emprendemos el regreso. Las Sierras de Ancasti se confunden con nubes extendidas en el horizonte. Señalo en dirección al oeste. Le cuento:

-Cada ocho de diciembre, los fieles parten desde Frías caminando en aquella dirección. Atraviesan las sierras para hacerle promesas a la Virgen del Valle. Llegan hasta Catamarca después de unos cuantos días. Caminan ciento y pico de kilómetros.

-¡Cuánto esfuerzo! -Exclama-¿Qué pasa si los santos y las vírgenes fallan?

-No lo sé, Rafa. Supongo que ahí es cuando hay que hacerse cargo de la vida.

Vivimos en un mundo en que el hedonismo del coyuyo produce culpa. El sufrimiento aparece como un vehículo que nos acerca a una especie de olimpo. ¿Alguien pagará por nuestras lágrimas? Eso sugiere la imagen—siempre en lo alto—de un Dios humillado en la cruz y lastimado por toda clase de cosas. Desde el cielo recluta su ejército de beatos, vírgenes, ángeles y santos milagreros que tiran de las cuerdas de la voluntad humana.

La epopeya de aquel revolucionario humilde que murió en medio de padecimientos indecibles para salvar al mundo es un bestseller que causó un trastorno en la identidad de los hombres. Así de poderosa es la literatura. Pero hay quienes aseguran que la primer novela fue Don Quijote de la Mancha.

Al costado de las vías se acumulan botellas, hisopos, condones, cartones y escombros. Respiro una ráfaga de olor nauseabundo. Un burro pasta y sacude su rabo de un lado a otro. Algunos de nuestros pasos imprimen su huella. Una fila de hormigas se extiende desde una caja de vino hasta el hormiguero. El sol centellea contra los rieles y mi camiseta está humedecida en este otoño. ¡Frías, no enfrías!

Mientras más duras son las condiciones de existencia, más necesitamos creer en un plan diseñado por alguien que administra la piedad. El sacrificio, las privaciones y las promesas: durmientes que sostienen un puente hacia una hipotética redención. Si Dios, la Virgen y los santos amontonados quieren, en esa otra vida accederemos al placer y renunciaremos a la culpa y el dolor.

Nos detenemos. Al otro lado de la cerca se divisa el Biarritz. Los años no han conseguido erradicar su esplendor. Rafa barre la escena con la mirada. A pesar de sus veintitrés años, es un escritor que ha viajado miles de kilómetros. Ojala le brote un texto que evoque su paso por estas latitudes. Sería una manera de tender un puente hacia el mundo. Puedo esperar que eso suceda aunque el tiempo revelará la misión del escritor que camina junto a mí.

 

 

 

 

 

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